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Reportajes
Lo asemeja a aprovechar las embestidas para torear sin arte
La atinada definición del "pegapases", según la Academia de la Lengua

    


Un "pegapases" es, ni más ni menos, que un "matador de toros que torea sin arte aprovechando las embestidas". Lo ha definido así la Real Academia de la Lengua, en su revisión anual del Diccionario. No han podido utilizar mayor precisión para lo que hasta ahora era una simple forma de decir, que se utilizaba en la crónica taurina como expresión de crítica a la actuación de un torero.

En la crónica taurina de finales de los años 60 y hasta que llegaron los 80,  se hizo muy frecuente la utilización del término “pegapases” para definir las actuaciones de los toreros, especialmente de las figuras. Y todos los aficionados sabía lo que se quería decir.

 

Venía a ser el resumen de faenas de muleta interminables, en la que faltaba la vibración y el arte. Alguna figura vivió en sus carnes como en alguna plaza, guiados por la influencia de la critica, le cantaban en alto el número de pases que le estaba recetando a su oponente.

 

Pero no siempre estaban en lo cierto.  Por ejemplo, a Dámaso González hubo temporadas que lo crucificaron bajo este razonamiento. Bien es verdad que tiempo después cambiaron las tornas y el torero de Albacete recibió de los mismos el reconocimiento al prodigioso temple con el que manejaba los engaños.

 

Hoy en día, cuando ha adquirido carácter de normalidad que a un torero le lleguen los avisos cuando aún ni ha pensado  en coger los trastos de matar, no anda lejos de ser un pegapases. Sin duda con la mejor voluntad de levantar la atención de los tendido, que no llega ni probablemente llegará porque alargue su anodina faena. Es lo que permiten esos “toros predecibles” --en expresión de Carlos Núñez-- que hoy tanto abundan.

 

Son profesionales que olvidaron la máxima de Pepe Luís, cuando sostenía que una plaza hay que ponerla bocabajo sin necesidad de sobrepasar dos docenas de muletazos. No hace tantos años, tan sólo 10,  ya lo comprobamos en Madrid con la faena de Juan Mora a un toro de Torrealta: sin siquiera sobrepasar los 20 muletazos, todos cincelados con el mejor arte, le bastaron para cortar las dos orejas con plena unanimidad. Aquello fue un ejemplo reciente de la innecesaridad de ser un “pegapases”.

 

Hasta con un cierto recurso a la propia técnica del toreo, la Real Academia ha venido a poner las cosas en su sitio. La docta Casa define al pegapases con toda precisión: “Matador de toros que torea sin arte aprovechando las embestidas”. Es una definición precisa y acertada. Nos viene a decir que el “pegapases” de lo primero que carece es de arte; pero nos dice más: a ser “pegapases” colaboran estrechamente las embestidas descastadas y superficiales del toro que tiene delante.

 

Los guardianes del Diccionario no pueden aportar mayor precisión a las definiciones del toreo. Y es que lo venía siendo una forma de decir, ahora ha pasado a tener la categoría de definición segura y reconocida. Ya no es un recurso literario para las crónicas; ya es la expresión exacta de una realidad según la lengua española.

 

Y cuando la Real Academia se decide a definir un término como éste, bien puede entenderse como su preocupación por preservar que la Tauromaquia constituye un componente más de la Cultura española.

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