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En el siglo XVI en México
Justas, torneos y festines…, antes y después de la conquista

    


Refiriéndose a la paulatina implantación en las tierras de México de los juegos caballerescos y las fiestas de toros a comienzos del siglo XVI, "de aquel maridaje surgieron rasgos de mestizaje únicos que lograron dar el toque distintivo a un espectáculo que, al paso de varios siglos, alcanzó esplendor (en unos sitios más que en otros), y que hoy día conservan al menos cinco países en este continente. Me refiero a Perú, Venezuela, Colombia, Ecuador y México. Cada uno de ellos impuso su propio espíritu, su propia forma de ser", según escribe el historiador José Francisco Coello Ugalde.

Desde muy tempranas ocasiones, inmediatamente después de que los conquistadores españoles iban desplazándose –tierra adentro-, hacia uno de sus objetivos principales, y que fue, luego de diversos episodios de encuentros y desencuentros, motivo de las jornadas militares llevadas a cabo en la ciudad de México-Tenochtitlan, hasta su desenlace. 

 

Pues bien, estos señores, presentaron diversas representaciones de estricto propósito caballeresco, ligado a su profunda formación cultural y medieval que los llevaba frecuentemente a ese propósito, en lo fundamental para afirmar un vínculo con aquellos modelos o paradigmas que ciertos códigos militares, y las lecturas del Amadis de Gaula, por ejemplo, lo cual orilló a que se exacerbaran en alguna medida los ánimos de aventureros, militares, burócratas y letrados que decidieron abandonar España en aras de conquistar nuevas tierras y así, tornarse en señores y caballeros, pues de ser “hijosdalgo”, pasaban, por vía meritoria; o comprando linajes; o conservando la limpieza de sangre; al hecho de convertirse en todo tipo de escalas que la nobleza había establecido al paso de los siglos.

 

Evidentemente no podían ser reyes, pero sí duques, marqueses, condes, vizcondes o barones de alto rango que los diferenció entre otros ciudadanos comunes y corrientes en la inicial etapa del virreinato.

 

Así que antes de la narración con la cual Hernán Cortés describe lo ocurrido el 24 de junio de 1526, día “…que fue de San Juan…, estando corriendo ciertos toros y en regocijo de cañas y otras fiestas…”,ya habían representado diversos episodios de ejercicios ecuestres.

 

En ese sentido, los registros al respecto son relevantes y quedan como testimonio de una serie de demostraciones con propósitos estratégicos o disuasivos, incluso para infundir temor entre los naturales, apoyándose para ello de la compañía de un buen número de caballos, cuya novedosa presencia causó admiración, sorpresa y espanto entre los diversos grupos indígenas que enfrentaron por primera vez a los invasores.

 

De ese modo, e inmediatamente después del arribo de los soldados a las costas veracruzanas, se realizaron maniobras con ese propósito. Cortés organizó en Tenochtitlan en 1520, ante los ojos azorados de Moctezuma, un festín con “torneos de caballos y fuga de escaramuzas, suerte de la sortija y aciertos de las lanzas”,como apunta Luis Weckmann en su ya clásica obra “La herencia medieval de México”, que editara el “Colegio de México” en dos volúmenes desde 1983.

 

Poco a poco, y ya distantes de la conquista misma, cuya capitulación sucedió el 13 de agosto de 1521, por ejemplo el célebre licenciado Suazo –quién no lo recuerda en México en 1554 de Cervantes de Salazar-, apuntaba el hecho de que para esos tiempos, ya estaba destinado un llano cercano a la capital del virreinato, donde “los caballos… se adiestran en ejercicios ecuestres y se ensayan en combates simulados”.

 

Estamos ante la puesta en escena de “justas”, “torneos”, festines, combinados ya como una serie de propuestas que indicaban el nivel que representaba la formación cultural hispana, permeada de otras tantas experiencias que acumularon diversos planteamientos que luego se consolidaron en el juego de cañas y particularmente los festejos donde se representó el toreo caballeresco.

 

En ese sentido, y entre los primeros acontecimientos de este tipo, debe recordarse aquel momento en que tras la larga y penosa peregrinación de Cabeza de Vaca por el norte –y durante el curso de 1536-, este presenció en Culiacán (hoy Sinaloa) un torneo y una corrida de toros en honor del apóstol Santiago.

 

Por cuanto sitio pasaban los grupos de españoles, era conveniente demostrar su fortaleza a partir de estos elementos que pasaron al cabo de los años, de su expresión bélica a otra que fue estética, con el consiguiente elemento que garantizara condiciones en aquellos nuevos estamentos, obligados a mantener la hegemonía del significado que la conquista había marcado como eje conductor.

 

Conviene anotar que, entre el 16 y 17 de agosto de 1521 se celebró en Coyoacán el que puede considerarse como primer “torneo caballeresco” en la inminente Nueva España, en el que se realizó la suerte de la “sortija”. Y luego, casi un año después y en el mismo sitio, se dio recepción a Catalina Xuarez Marcayda (a la sazón, esposa a la fuerza de Hernán Cortés) con muy sonados juegos de cañas.

 

En esas fechas, a pesar de la distancia habida con España, los conquistadores y nueva población que poco a poco comenzaba a habitar estos nuevos territorios, se sabían que entre los códigos militares y los del valor mismo, debían mantenerse vigentes ese tipo de representaciones, las que con el tiempo, quedaron depositadas en la presencia de la autoridad, particularmente la del Ayuntamiento, institución política y administrativa de la que emanaban una serie de funcionarios, casi todos por aquel entonces, descendientes de conquistadores, quienes se vieron comprometidos a mantener aquel status quo, no solo como burócratas de alto nivel (regidores, contadores o factores, en su gran mayoría), cumpliendo funciones complementaria al integrar las cuadrillas en los juegos de cañas; sobre todo el 13 de agosto-, ocasión en la que se conmemoraba la capitulación de México-Tenochtitlan.

 

Así que, entre muchos de aquellos significados que la fiesta caballeresca o taurina fueron teniendo al comienzo de la etapa virreinal, se encuentran este tipo de condiciones impulsadas, desde luego por razones estratégicas y militares. También por el despliegue de su formación cultural misma, y luego por circunstancias políticas que se involucraban en el hecho de conservar o mantener intocada una elite que, entre generación y generación, procuraba mantener el significado que una conquista representaba ya no solo para españoles, sino también entre criollos, grupo social que cada vez también, se sintió ajeno a ese punto en lo particular.

 

Lo que sucede es que al paso de los años, aquel propósito eminentemente político devino en la casi nula representación de la fiesta más sonada del periodo colonial (junto con la de Corpus). Una, entre diversas causas, fue que esa preeminencia original detentada y defendida por españoles o hijos de conquistadores perdió fuerza, y se fueron presentando en la escena nuevos personajes que ya nada tenían que ver, y que tampoco estaban obligados necesariamente a cumplir con aquellas estrictas disposiciones ordenadas por la autoridad.

 

Sobrevino el relajamiento, y si bien los juegos de cañas, que era la representación más importante de aquel poder, quedaron disminuidos por algunas de las razones aquí expuestas, por otro lado, fue el festejo taurino en cuanto tal, el sucedáneo perfecto para mantener vigente todo aquel aparato impuesto por la corona y que se desplegó durante un tiempo considerable en muchas regiones del virreinato mismo. Lo mismo sucedió con las corridas de toros, las cuales se aclimataron de manera natural en estos territorios americanos en lo general; y del mexicano en lo particular.

 

De aquel maridaje surgieron rasgos de mestizaje únicos que lograron dar el toque distintivo a un espectáculo que, al paso de varios siglos, alcanzó esplendor (en unos sitios más que en otros), y que hoy día conservan al menos cinco países en este continente. Me refiero a Perú, Venezuela, Colombia, Ecuador y México. Cada uno de ellos impuso su propio espíritu, su propia forma de ser.

 

En efecto, cambiaba la forma, no el fondo.

 

Es este, entre muchos, uno de los tantos episodios o comportamientos que dieron la coloratura al que fue in illo tempore, la tauromaquia caballeresca y luego aquella que hicieron suya los propios americanos hasta impregnarla de lo suyo, como consecuencia cinco veces secular que explica, y no puede ser de otra manera, cómo ha sido posible la pervivencia del toreo, incluso rebasado el límite no solo del siglo XXI, sino de todos los síntomas de oposición que en tiempos muy recientes ha intensificado sus estrategias.

 

Son estos, algunos ejemplos de aquella imponente presencia que lo medieval deja ver en la formación de una nueva cultura en territorios americanos.

 

Los escritos del historiador José Francisco Coello Ugalde pueden consultarse a través de su blogs “Aportaciones histórico taurinas mexicanas”, en la dirección:

 http://ahtm.wordpress.com/

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