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La opinión
No es cierto que eso es lo que espera el aficionado
Victorino, entre la confusión de la fiereza a lo bruto y la bravura verdadera

    


Reconozcamos el mérito que tuvo que, después del petardazo que dio en Las Ventas, Victorino Martin (hijo) no se escondiera, sino que dio la cara cuando le pusieron un micrófono delante. Pero sentado lo anterior, sus justificaciones --que explicaciones no fueron-- del fracaso no pudieron ser más imprudentes y fuera de cacho. Ni él mismo puede creerse, para descargar su conciencia profesional, que su norte ganadero venga marcado porque este viernes a cuatro de sus toros le tocaron las palmas en el arrastre. En una persona tan inteligente y conocedora de su oficio, no cabe presuponer que confunda la fiereza a lo bruto con la bravura. Por eso, sus declaraciones fueron tan inoportunas como desafortunadas. Por respeto a la A coronada, vamos a dejarlo todo en "un accidente en el camino".

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Aunque sea comprensible que resulta un compromiso gordo cuando, después de lidiar una corrida tan pésima como la de este viernes, a la salida te estén esperando los micrófonos a los que hay que responder como uno medio pueda, eso no sirve de excusa ni justificación para decir tonterías. Cierto que  al menos, mal que bien, dio  la cara y eso tiene su mérito, cuando muchos se escabullen en medio del gentío. Pero no cabe duda que, como en muchas ocasiones  se dice en el lenguaje popular, hay días en los que calladito está uno más guapo.

Eso más o menos le ocurrió a Victorino Martin (hijo) en Las Ventas. Por más que, como anda muy experimentado, echó por delante --y no dudamos que con sinceridad--  su reconocimiento para los 36 valientes que se pusieron delante de su corrida, luego las justificaciones del fracaso resultaron innecesariamente imprudentes y de poco respeto a la misma inteligencia. Anotémoslo en eso de que no todos los días está uno afortunado a la hora de expresarse. Mejor así.

Pero explicarnos que “si le ha gustado a mi clientela que es el público, estoy contento”;  tratar de convencer al personal que “cuatro toros se han aplaudido en el arrastre y la afición estaba loca con la corrida”;  contar conmovedoramente que un aficionado le aseguró que gracias a esa corrida el año que viene sigue con su abono…  Después de lo que había visto, mejor todo eso lo borramos de su historial como criador de reses bravas; ni él mismo se creerá a estas alturas sus propias palabras.

No puede ser de otro modo, porque si se pretende ser coherente con eso de que “la gente ha salido contenta con la corrida, pues habrá que escucharla”, no es muy diferente afirmar que lo que hay que hacer es eso, criar reses “terroríficas y alimañosas”, como calificó a las que salieron al ruedo de Las Ventas. Y desde luego o andaba desmemoriado o ya no sabía a qué argumento acudir, porque afirmar que "este tipo de corrida es la que nos ha dado fama”, es tirar por la borda medio siglo de trabajo; a la cumbre les llevó, por ejemplo, “Velador”, no el “toro del tío Picardías”, que fue lo que echó en esta tarde aciaga para su divisa.

Como la crianza del toro de lidia, por más que responda a una afición desmedida, presupone una actividad de negocio --que a todos nos conviene que además resulte muy saneado--,  si no se conociera la trayectoria de esta Casa ganadera se diría que lo único que pretendía era “dar salida al género”, que no todo aguanta sin caducar en el congelador de las dehesas.

Sin embargo, todo hubiera sido más sencillo y más sincero si, simplemente, hubiera justificado el petardazo como un accidente en el camino, que en el fondo es lo que ocurrió con esa complicadísima asignatura de la alquimia genética de la bravura, en la que se acierta en ocasiones y en otras el invento sale rana. No puede asumirse, incluso por respeto a toda una trayectoria que les ha llevado a lo más alto en su oficio, que lo busquen en la dehesa sea ese toro “terrorífico y alimañoso”; por el contrario, resulta mucho más esperanzador pensar que buscan el toro bravo en toda su integridad, como tantas tardes se ha comprobado.

Como este oficio no tiene por objeto suministrar fieras al circo romano, sino ejercer todo un arte --que hasta le Ley lo reconoce en tales términos-- como el de la crianza de unos animales singulares y únicos, cuyo norte es la bravura,  las argumentaciones del ganadero se caen por su propio peso. Por eso, por respeto a la A coronada, mejor las borramos. Como se dice ante los Tribunales: “el Jurado de por no oídas las palabras anteriores”.

Sin embargo, por la autoridad moral de la que hoy gozan estos ganaderos, no le hacen ningún favor a la Fiesta llevando a los aficionados más o menos informados a confundir la fiereza en bruto con la bravura. Ni la integridad del espectáculo, ni la misma razón de ser profunda de la Tauromaquia, se basa en la fiereza que nace natural en las estepas en especies que sólo tienen dentro eso, fiereza.  Muy al contrario, nace de la bravura que es el santo y seña propia  de esta otra especie ganadera que es el toro de lidia. Y lo que no sea eso, dicho quedó: un accidente en el camino.

Pero no es menor el equívoco que, queridamente o por inadvertencia, provoca el ganadero al confundir terror con emoción, que son conceptos muy diferenciados.  El binomio diferencial de la fiesta de toros que forman la emoción y el riesgo, no surge de unos animales mansos y peligrosos con los que hay que pelearse a brazo partido. Por el contrario, toma su razón de ser de la conjunción al unísono –esto es: no por separado--  de la bravura del toro con el arte del torero a la hora de lidiarlo.  Esta su verdadera,  ancestral y diríase que única seña de identidad. Todo lo demás son desviaciones. Ni se dan cuando el torero “se pone bonito” con el toro bocalicón e inane, ni se reconoce en la batalla campal contra una fiera corrupia. Sin bravura y arte arramplamos con todo el misterio del toreo.

Se equivocarían de medio a medio si de verdad se creyeran que frente al toro que Victorino hijo califica de “bobo y tonto”, lo que le afición le reclama es que sus animales “salgan demonios”. Ni lo uno ni lo otro. Lo que los aficionados sueñan es con ese toro tan bravo que, para aquel lidiador que no ande despierto, provoque la célebre sentencia de Belmonte: “pídele al cielo que nunca te toque un toro verdaderamente bravo”. Ninguno de los de este viernes respondió a ese patrón, sino que fue otra cosa que no tiene parentesco alguno con la bravura.

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